La flaca se sentó en la silla del cuarto de trabajo y estiró las piernas para que las amarrara con cuerdas. Andaba arrecha desde temprano, con ganas de un juego distinto. El bikini apenas le cubría lo necesario y ella se movía con cada nudo que apretaba. El celular quedó apoyado en la repisa, grabando a las peruanas cogiendo en casa, con cuerdas de por medio.
La computadora de la mesa quedó prendida de fondo y nadie la apagó. Ella pedía cosquillas en las plantas de los pies y en la cintura, chillaba y se retorcía en el asiento, cada vez más fuerte. El bikini se le corría con cada movimiento y no lo acomodaba. Cuando la risa ya no la dejaba respirar, le aflojé una cuerda y se giró de lado, todavía atada, riéndose con menos aire.
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