La pelirroja tiene una deuda encima y los dos ya saben cómo cobrársela. Uno se ubica detrás, la agarra de la cintura y se la mete despacio. Con cada empuje las tetonas se le mueven de un lado al otro, y ella solo chilla bajito.
Se turnan. Mientras uno descansa mirando desde la puerta, el otro sigue donde el primero lo dejó. Ella apoya la mano en la pared para no perder el equilibrio, con el pelo rojo hecho un desastre y la respiración cortada. Nadie dice nada, solo se escucha el choque de los cuerpos.
De las mujeres peruanas que saldan deudas en especie, esta aguanta el doble turno sin quejarse. La escena corta con los dos todavía sin acabar.
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