Entra a la sala con un collar y unas pulseras, nada más. Tres patas la esperan sentados en el sillón, con las almohadas ya tiradas al piso. Ella va directo, se arrodilla en medio y atiende a uno mientras mira al otro. Se escucha una tele de fondo que nadie ve.
La turnan sin drama: uno la tiene de a perro, a otro le da de boca y el tercero espera su turno donde puede. Es de esas mujeres peruanas que no se achican con nada, y menos con tres al frente. Cuando los tres quedan tirados, ella se levanta del sillón y enciende la tele que nadie miraba.
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