La vecina se aparece en el jato a desear el año nuevo con una copa en la mano y termina en ropa interior frente al estante de los libros. El abrazo de felicitación se calienta al toque, de esas noches que acaban en peruanas cogiendo sin que nadie lo planee.
Baja de rodillas y se lleva la pichula a la boca mirándolo fijo, despacio, sin apuro. En la tele sigue algún especial de fin de año y a ninguno le importa. Después él la levanta, la recuesta en el sofá y se la mete de a poquitos hasta que pide más fuerte.
Él le acaba encima de la nalgas y ella se queda riéndose entre los cojines, sin decir nada, mientras en la tele ya se escuchan los fuegos artificiales.
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