La madura, de esas mujeres peruanas de caderas anchas, recibe con la falda negra subida y unas mallas blancas que le marcan cada curva. El culo se le ve enorme, asomando por el borde del sillón. El pata llega y le da un par de palmazos antes de arrimarse.
Se la coge de a perro con las mallas rasgadas a la altura de la cuca, agarrado de la cintura. Ella chilla bajito al principio, después ya se devuelve sola contra él. La mesa de centro se mueve con cada empujón y nada se cae de milagro.
Nadie le dice qué hacer en ningún momento. Cuando paran, se acomoda la falda y se sienta derecha, como si no hubiera pasado nada.
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