Entre los dos patas la tienen sobre la cama de la sala, con la frazada morada ya hecha un desorden. Uno la agarra de la cintura, el otro le sostiene el brazo, y ella se ríe, como quien ya sabe lo que viene.
Les queda algo de ropa puesta, pero eso dura poco. Uno le sube la blusa mientras el otro se acomoda al costado, y ella va de un lado a otro sin perder el paso. Entre las mujeres peruanas que uno encuentra en estas páginas, esta se queda la mayor parte del tiempo con los ojos cerrados.
De fondo suena música en otra parte de la casa. Los tres siguen en lo suyo, sin apuro.
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