La cocina del jato no era el plan, pero nadie se quejó. La peruana se puso de rodillas ahí mismo, con el top a medio caer y los aretes moviéndose cada vez que mete la cabeza. Le sacó la pichula al pata y se la metió a la boca sin calentarla antes.
Chupa mirándolo, se ayuda con la mano y le lame la punta de rato en rato. Atrás se ven los muebles y la mesa a medias, todo bien de casa, grabado a lo casero. Así arrancan las peruanas cogiendo cuando se quedan solos: sin pose y sin guion. En un momento ella voltea a mirar la puerta, se queda quietecita un segundo y vuelve a lo suyo.
No afloja el ritmo ni cuando él ya está al borde, se le viene en la boca y ella aguanta quieta hasta el final. Después se pasa el dorso de la mano por los labios, se acomoda el top y se levanta como si nada.
También te puede gustar:


(mh=vcHtkaBZ5ovsegom)16.jpg)
